Tren del hierro de Mauritania

Con algo más de un millón de kilómetros cuadrados de superficie, Mauritania no es un país pequeño. Sin embargo, solo un reducido porcentaje de él es habitable. El resto está cubierto por las arenas del Sahara.

Las ciudades y los asentamientos de Mauritania están separados por vastas extensiones de inhóspito desierto. Las carreteras a menudo tienen que hacer desvíos de cientos de kilómetros para evitar las arenas a la deriva.

El pueblo minero de Zuérate, en el norte de Mauritania, es uno de esos puestos aislados.

Con una población cercana a los 40.000 habitantes, Zuérate tampoco es un asentamiento pequeño. Sin embargo, la única conexión de Zuérate con la ciudad de Nuadibú, el único puerto marítimo importante del país en la costa atlántica, es a través de un ferrocarril. Este ferrocarril, el único en el país, sirve como salvavidas para una de las naciones más pobres del mundo, transportando hierro desde las minas de Zuérate hasta Nuadibú para posteriormente enviar el mineral a países como China, Japón, Francia, España, Alemania, Suiza e Italia. Este ferrocarril no solo ayuda a impulsar la mitad de la economía de Mauritania, sino que también es la única conexión con el mundo exterior para las personas que viven en los aislados asentamientos del país.


Nuadibú (Nouadhibou) a la izquierda del mapa y Zuérate (Zouérat) a la derecha.

El ferrocarril de Mauritania se inauguró en 1.963, diez años después de que se descubriera el mineral de hierro cerca de Kediet Ijill, la montaña más alta de Mauritania. En aquella época se construyó un centro minero en Zuérate junto con las instalaciones portuarias de Nuadibú en la costa atlántica, siendo ambos centros conectados por una línea de ferrocarril de 700 kilómetros de longitud. A lo largo de las décadas, a medida que la industria evolucionaba, se descubrieron muchos nuevos depósitos de hierro en la región y alrededor de una docena de comunidades surgieron a lo largo de las vías del ferrocarril. Para las personas que viven a día de hoy en estos asentamientos, el tren es su único vínculo con la civilización.

Cada noche, un largo tren sale de Zuérate hacia Nuadibú, arrastrando hasta doscientos vagones rebosantes de mineral. El tren se extiende por 2,5 kilómetros. Cada vagón transporta hasta 84 toneladas de hierro, lo que convierte al tren en uno de los más pesados ​​y más largos del mundo. Un par de vagones de pasajeros también son arrastrados, aunque muchos prefieren subirse a los vagones de carga, encima de la pila de hierro, cambiando la comodidad por un viaje gratis.

El viaje es largo y tedioso. El mineral de hierro es como la arena fina que se sopla constantemente en la cara. El polvo de mineral penetra en la ropa y en cada orificio del cuerpo hasta que todo se tiñe de un tono rojo oxidado. Además, quienes se suben encima del mineral, al aire libre, sufren el abrasador calor por el día y el aire frío por la noche. Las mantas son una necesidad. Algunos pasajeros incluso cavan pequeños agujeros en las pilas de hierro y ahí mismo crean hogueras quemando carbón.

Para aquellos que pueden permitirse gastar 3$ en un billete, el viaje es más cómodo.

Después de un arduo viaje de 17 horas, el tren llega a Nuadibú, donde los pasajeros ennegrecidos por el mineral bajan de sus vagones. Luego, el tren continúa hacia el puerto para descargar aproximadamente 22.000 toneladas de mineral. Tres horas más tarde, el tren está de vuelta en la estación de Nuadibú para el viaje de regreso. Esta vez, los vagones están vacíos, lo que hace que el viaje de ida sea un poco más soportable.

Durante la parada de 15 minutos en Nuadibú, se producen auténticas carreras por parte de los pasajeros para cargar sus pertenencias, ya que el tren no espera. Quienes no son lo suficientemente rápidos, se quedan atrás. Cabras, burros y camellos son izados en los vagones vacíos. Cajas de manzanas y naranjas, así como botellas de agua, se apilan a lo largo de varios metros de altura. Colchones, materiales de construcción, antenas parabólicas… cualquier cosa que necesiten los pueblos remotos se carga en el tren en 15 minutos.

Una vez que se pone en marcha, el tren parece arrastrarse por el desierto, viajando a no más de 50 kilómetros por hora. Cuando atraviesa diversos asentamientos, se ralentiza, lo que permite que los pasajeros desembarquen y otros suban a bordo. Hay quienes aprovechan la marcha más lenta para saltar del tren, hacer algún que otro recado en el pueblo y volver a subir antes de que el tren vuelva a acelerar.

Así describió un pasajero el tren del hierro de Mauritania

“Imagínate un vagón de ferrocarril europeo de la década de 1.970, despojado de todo lo que tenga valor: puertas, vidrios, asientos, amortiguación, luces, inodoro… Toma ese esqueleto de vagón de tren y añade una capa de polvo que cubra todas las superficies. Luego piensa en que está abarrotado hasta el punto de ser peligroso, con equipajes y mercancías amontonadas en los pasillos, agujeros en la mayoría de las paredes exteriores, un olor a suciedad pura y, finalmente, elimina cualquier ilusión de comodidad o limpieza… y ahí está: un vagón de pasajeros del tren de hierro de Mauritania”.













Fecha de publicación: 22 febrero, 2019

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